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sábado, 16 de septiembre de 2017

El Efecto Azor

Una de las cosas a las que he tenido que adaptarme desde que vuelo en Madrid, en relación a lo que sucedía en Canarias, es a la "excesiva" presencia de animales salvajes en el entorno del palomar. Cuando hablo de "animales salvajes" no hablo sólo de rapaces pero sí que son ellas las que con más frecuencia me visitan. Ayer mismo, por ejemplo, al llegar al palomar me encontré con un azor comiéndose una paloma en mi misma puerta y sin preocuparse lo más mínimo de lo que le pudiera suceder. Al verme llegar me miró pero no movió ni un músculo y siguió con su faena. Sólo cuando me acerqué a él arrancó a volar, pero apenas treinta metros, como esperando que me marchara para poder seguir con su "merienda". Viendo que lo mío "iba para largo", al rato decidió volar hacia el pinar donde normalmente tiene su refugio. La paloma que se estaba comiendo no era mía, sino de mi vecino, pues las mías estaban ese día aún encerradas, por lo que se ahorraron el sufrimiento de los ataques pero no el estrés de vivirlo en primera fila. El "efecto azor" es tan grande sobre los animales que él que no lo ha visto no lo podría creer. Como les decía antes, mis palomas se habían limitado a ver las embestidas del azor desde el voladero de mi palomar pero está claro que la "función" no les gustó lo más mínimo. Pasada una hora más o menos desde que el azor se había marchado y viendo que no rondaba por las inmediaciones decidí abrir mi palomar para que salieran a volar un poco... pero ni una paloma se atrevió. Intenté azuzarlas para que salieran y no había manera. Volaban dentro del voladero para todos lados, pero ni una salía al exterior. Al rato me di por vencido. Está claro que no era día para vuelos. Cualquiera que tenga pichones en su palomar sabe que estos prefieren la calle al voladero y el voladero al palomar... pero esa tarde era justamente al contrario. Atravesé el voladero para entrar al palomar y atender a los reproductores y fue digno de ver como según abrí la puerta del palomar todas tiraron como locas para intentar meterse dentro, escapando del voladero. Como pude las dejé de nuevo en el voladero y seguí con mis tareas. Llegada la hora habitual para la comida de los pichones puse el comedero y los llamé a comer. Lo mismo de antes... el que tiene pichones sabe cómo son a la hora de comer... parecen niños, que si los dejas meriendan cuatro veces, pero hoy tampoco era día de comer. Ni uno se acercó al comedero. Entiendo que esto es así porque se sienten indefensos en el momento de comer y ninguno quería bajar la guardia por lo que pudiera pasar. Al rato retiré el comedero casi lleno y sólo un par de ellos se había dejado vencer por el hambre. Hoy tampoco los he querido soltar, por lo que pudiera pasar, pero al menos ya han recuperado el apetito. Creo que esta guerra entre colombófilos y rapaces la tenemos perdida desde el primer minuto, pero también hay que reconocer que, al menos en mi caso, somos nosotros los que nos hemos ido a vivir en medio de su hábitat natural y que ellos se limitan a hacer lo que les dicta su instinto... pero ya podría empezar por las cientos de torcaces que rodean mi palomar... que además están mucho más hermosas que las mías... je,je,je,je

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