viernes, 2 de agosto de 2013

A la buena de Dios

Siempre he sido de los que gustan de controlar al máximo las parejas de reproducción. Quién se junta con quién, cuanto cría cada pareja, las parejas siempre cerradas durante toda la época de cría... para garantizar que los pichones son hijos de quien deben, etc... pero este año, con tanto trajín y por la falta de tiempo, he dejado que las parejas se formaran solas, de acuerdo a los gustos de cada cual y... joooerr... no se ha hecho ni una pareja como yo las hubiera juntado. Ninguna de ellas ha buscado a su pareja de años anteriores sino que se ha lanzado a nuevas aventuras amorosas. Va a ser verdad eso de que en la variedad está el gusto... je,je,je,je,je. A raíz de esto me vino a la memoria lo que en su día me contó el colombófilo belga André Roodhooft. Él decía que cuando empezó en palomas se pasaba semanas anotando futuras parejas en su libreta y que incluso la noche anterior a cuanto tocaba emparejar le costaba dormir, dándole vueltas a las parejas que iba a formar al día siguiente, pero, con el paso del tiempo, había perdido interés en el tema y ya llevaba muchos años dejando que fueran las propias palomas las que eligieran a sus parejas. Este sistema, según sus propias palabras, no había resultado ni mejor ni peor que anterior... y le había permitido dormir más tranquilamente... je,je,je,je. También hay que tener en cuenta, al respecto de esta anécdota de Roodhooft, que hablamos de un palomar treméndamente homogéneo, donde casi todas las palomas vienen de lo mismo y "sirven" para lo mismo... lo que no suelen pasar en la mayoría de nuestros palomares... y el mío no es una excepción a esa regla. Como dato curioso, sólo una de las parejas ha quedado formada por dos palomas "teóricamente" de fondo, la roja vieja y el negro de 2004, el resto todas son "mixes" de fondistas con palomas de velocidad. Tendremos que esperar a las clasificaciones del año que viene para ver quien tiene más ojo... si ellas o yo.